Bruno
Cadogan, es el narrador en primera persona de esta historia, que es un homenaje
a la ciudad de Buenos Aires. A propósito
de su tesis doctoral e inspirado en los poemas de Jorge Luis Borges, Bruno
decide acometer la empresa de búsqueda del extraordinario cantor de tango Julio
Martel. No es un intérprete cualquiera,
su voz es descrita como sobrenatural (16), conmovedora, mágica,
poderosa (43), “la voz destellaba sola, como si no existiera otra cosa
en el mundo, ni siquiera el bandoneón de fondo que la acompañaba” (43).
La poco nombrada hija de Zeus y Temis, también diosa de la justicia, no tiene un lugar en la Tierra. Además de una invocación, este lugar es una suerte de escampadero, un refugio en las letras, la música y la naturaleza, en tanto tiene lugar el regreso de Astrea...
sábado, 29 de diciembre de 2012
El cantor de Tango
Por los tiempos de Felisberto Hernández
No conozco extensamente la obra de Felisberto
Hernández. Recién tuve la ocasión de leer dos de sus obras, “Mi
primer concierto” y “Por los tiempos de Clemente Colling”
y debo señalar que este pequeño preludio incita a deleitar su obra
entera. Estos dos textos no pueden leerse de cualquier
manera. Acercarse a esta creación literaria, no es un ejercicio de
lectura, ante todo es un ejercicio de escucha, y esto porque la narrativa tiene
su propia banda sonora. Requiere sentarse cómodamente y cerrar por instantes los ojos para escuchar los sonidos, pero también el silencio,
"Al
silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta la última resonancia y
después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban.
Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en la música: pasaba
entre los sonidos como un gato con su gran cola negra y los dejaba llenos de
intenciones". (Hernández, El Balcón)
viernes, 28 de diciembre de 2012
Los pasos perdidos
La música es melodía, armonía, ritmo y
sonoridad. ¿Cuáles son sus orígenes? La arqueología y la
antropología, han evidenciado que al lado de los instrumentos de caza y
aquellos relacionados con la alimentación, diferentes expresiones artísticas
han acompañado el tránsito del ser humano por la Tierra. Si bien en
Nuestra América no se ha resuelto la pregunta por la música que tocaban los
primeros habitantes del continente, si nos han heredado el testimonio de
algunos de los elementos que servían para los propósitos de comunicación,
sanación o festivos; conchas de mar, pequeñas ocarinas de barro,
silbatos de hueso, pequeñas sonajeras de madera, entre otros.
Ya deberíamos saberlo. La música
hace parte del ser humano. Los latidos de nuestro corazón marcan de
manera natural el ritmo; nuestra voz, seguramente fue el primer instrumento
musical; al andar, no solo hacemos camino, también muestras sonoras; y nuestra
cavidad torácica es una inmejorable caja musical. La música, el sonido, y
el sentido del silencio son esenciales a la vida humana.
“Inconforme con las ideas generalmente
sustentadas acerca del origen de la música, yo había empezado a elaborar una
ingeniosa teoría que explicaba el nacimiento de la expresión rítmica primordial
por el afán de remedar el paso de los animales o el canto de las aves” (20).
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